Siete, ocho años, quizás solo seis los más
afortunados desde aquel momento en que ya no sonaba el teléfono en el estudio,
desde el día en que dejamos de perseguir a ciertos clientes porque ya nos
dijeron claramente que habían iniciado un periodo de paréntesis indefinido.
Desde entonces nos fuimos de Barquillo y
estrenamos esto que hacen llamar La Sede en la que todo nos resulta raro y
desproporcionado.
Pero lo del edificio es lo de menos. En
este tiempo, mientras estábamos lamentándonos, con la excusa como casi siempre
de que eran imposiciones de Bruselas se han producido cambios en demasiadas
cosas, CTE, LOE, LSP… guerras en las que nuestros enemigos han sabido moverse
bien entre las trincheras mientras nosotros nos replegábamos de mala manera
intentando salvar los muebles y pensando que algún día todo terminaría y
volvería a ser como antes.
Reducciones de personal, adaptación al
nuevo edificio, pero seguir haciendo lo mismo con la idea de que algún día, por
arte de magia, el resultado sería diferente.
Y aquí estamos, con la misma estructura que
antes, con comisiones para todo, juntas de representantes que servirían para
gobernar un país pequeño, burocracia inmutable y a la vez preguntándonos el por
qué de la desafección del colegiado, el por qué no se incorporan las nuevas
generaciones, el por qué se convoca un referéndum y participa apenas un 5% de
los colegiados.
Seguimos con el mismo discurso, con los
mismos tabúes; la defensa de la sociedad por la arquitectura de calidad, que
resulta en general ser de una calidad más que dudosa, los llantos de los
compañeros, la vergüenza a la hora de hablar de dinero, de defender unos
honorarios, la tibieza a la hora de enfrentarnos al poder, al ministro de turno
y todo ello mientras asumimos un Consejo Superior del que nadie sabe su
utilidad y los veintiséis Colegios de España más sus demarcaciones locales que parece
que se mueven sin orden, sin una directriz única.
Pero seamos optimistas. Todavía estamos a
tiempo de cambiarlo todo, estamos a tiempo de conseguir un Colegio en Madrid
que sea líder de los demás, que por su cercanía a los centros de poder y por su
masa crítica de colegiados sea capaz de dar el puñetazo en la mesa y empezar un
cambio de verdad.
Un Colegio que defienda la profesión por
donde más nos importa, por el bolsillo. Un Colegio en que se empiece a hablar
de dinero, de honorarios, de retribuciones por un trabajo y una
responsabilidad. Un Colegio ágil, con órganos reducidos y eficientes, útil y de
funcionamiento sencillo que sirva de ayuda en vez de generar problemas. Un
Colegio con influencia en los centros de poder, que sea capaz de modificar
reglamentos y normativas fuera de la realidad y de influir en todo lo que está
por venir.
Un Colegio que funcione como regulador
reconocido de la profesión y a la vez sea nuestro mejor departamento comercial.
En resumen, un Colegio que nos cueste poco y ofrezca mucho.
Quizás cuando el Colegio se acerque a
ciertos modelos que no solo funcionan sino que son referentes a nivel mundial,
solo entonces, cuando el Arquitecto vuelva a ser valorado y su estamento
representante reconocido política y socialmente tendremos una esperanza de que
la profesión nos sobreviva.
Estamos a tiempo.
Blas Hermoso
Francotirador
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